MUCHO OJO

Érase una vez…

Cuentan que un hombre caminaba por el campo cuando, casi sin darse cuenta, tropezó con un objeto brillante, extraño, fuera de lugar. Lo recogió. Era una vasija.

Al rozarla, una voz emergió desde su interior.

—Elige un deseo. Lo que quieras… se cumplirá.

El hombre miró a su alrededor, desconcertado.

—¿Lo que quiera?

—Lo que quieras —repitió la voz.

Cerró los ojos. Inspiró hondo. Y por un instante, todo fue posible. Pensó en riqueza, en viajes, en amor, en esa vida que nunca se atrevió a nombrar en voz alta.

Pero justo cuando estaba a punto de pronunciar su deseo, la voz le espetó.

—Pide lo que quieras… pero recuerda: a tu vecino se le concederá el doble.

El hombre abrió los ojos de golpe.

—¿Cómo? ¿Por qué? ¿Mi vecino?

No hubo respuesta. Solo un eco que se desvanecía:

—Pide… o perderás tu oportunidad.

El silencio se hizo denso.

Volvió a cerrar los ojos. Esta vez con fuerza. Demasiada. Y en ese gesto, algo cambió. Ya no pensó en lo que deseaba. Pensó en lo que no podía tolerar y por supuesto no podía permitir bajo ningún concepto que su vecino tuviera más, exactamente el doble más que él.

No podía aceptar que el beneficio ajeno superara al suyo.

Y entonces pidió. «PUM»

Cuando abrió los ojos, su visión era distinta. Todo se había reducido, su mundo, aquel que conoció y que contemplaba desde que nació era más pequeño, quizá más mezquino, quizá más paupérrimo. Parpadeó. Miró a un lado. Luego al otro.

Y sonrió. No le importaba. Esa extraña sonrisa había aparecido en su cara, y le estaba bendiciendo el alma, era una extraña caricia, mezclada con algún escalofrío doloroso que se había apoderado de su mismísimo corazón. Qué más daba….en algún lugar, su vecino acababa de quedarse ciego.

No hay moraleja explícita en esta historia. No hace falta, pero sí hay una realidad incómoda que se repite con demasiada frecuencia: confundimos ganar con dañar.

En el ámbito del conflicto —y especialmente en la negociación— se instala a menudo una lógica perversa: si el otro pierde, yo gano. Si el otro sufre, el acuerdo es mejor. Si el resultado no es asimétrico, parece insuficiente.

Y ahí es donde todo se rompe.

Porque la mediación no es un campo de batalla elegante. No es una versión sofisticada de la venganza. No es literatura.

Nos fascinan relatos como El Conde de Montecristo. La justicia poética, la revancha perfecta, el daño milimétricamente devuelto. Pero eso pertenece al territorio de la ficción. En la vida real, esa lógica no construye nada. Solo prolonga el conflicto, lo enquista y, en muchos casos, lo agrava.

Un acuerdo sólido no es aquel en el que una parte siente que ha doblegado a la otra, sino aquel en el que ambas partes pueden sostenerlo en el tiempo sin resentimiento latente.

Y eso exige algo que no siempre es fácil: renunciar a la tentación de “ganar” en términos destructivos.

Porque cuando el foco se desplaza del propio interés al daño ajeno, la decisión deja de ser estratégica para convertirse en reactiva.

Inevitablemente, alguien acaba perdiendo más de lo que cree. A veces, incluso, sin darse cuenta, así que ya sabes….mucho ojo.